sábado, 6 de julio de 2024

Perdon't profe

 Comienza la mañana de un jueves en la escuela, y ese día en octavo grado tenemos exposición del cuerpo humano, mas precisamente del sistema digestivo. No recuerdo si hace frio o calor, pero debemos ir a la biblioteca para el oral.

Dos largas mesas pulcras y brillantes sostienen nuestras carpetas, afiches o maquetas, en algún momento comienza la clase, aunque mis recuerdos prácticamente no están. Lo único que habita en mi memoria es un extraño nerviosismo antes de pasar (¿había estudiado o no?) justo a la par está sentada la profesora, que escucha y califica.

No presto atención. No puedo. 

Mis manos transpiran y tiemblan, mi cuerpo está agitado, las palpitaciones de mi corazón van a mil por hora y digo cosas: que estoy nerviosa, intento reírme, pero también hay jadeos, ¿es esto un ataque de pánico? ¿o de ansiedad? Es muy difícil controlar esas reacciones del cuerpo que solo quieren defenderte de algo, creí estar en un lugar seguro hasta que recibo la puteada mas humillante por parte de una mediocre profesora:

-¿¿¿¿¿¿¿Puedes callarte de una vez??????? No te aguanto más nena, ¡¡¡¡¡ya basta!!!!! - o algo así. Se saca conmigo toda su ira, por mucho tiempo, no creo estar escuchando todo eso.

Toda la biblioteca en silencio.

Yo, expuesta y vulnerable a un destrato que no merecía, quedé helada por semejante reacción, no sabía qué decir, me sentía sola y desprotegida, expuesta como una bufona, humillada por una intolerante profesora con mal aliento.

No recuerdo más nada, ni siquiera sé si dí el oral ni cuánto saqué, tal vez un ocho. Solo ese momento permanece en el recuerdo, que para mi conciencia quedó ahí, hasta que muchos años después, tal vez nueve o diez, comencé el profesorado, y como actividad había que escribir una carta a algún docente que nos haya marcado para mal. O sea, la actividad era aflorar algún recuerdo negativo, escribir una carta a modo de perdonar el pasado, y que eso no influya en la perspectiva que una tenía con la carrera, es decir, dejar ir. Solo en ese momento resurgió ese recuerdo, escribí unas palabras que no sé que decían, y creo que tuve que entregarlo como trabajo.

La habré cruzado una sola vez y mi mente ya no tenía una buena imagen de esa persona, y no fui muy simpática. En el fondo perdoné el hecho para seguir, pero vivo sin culpas a la hora de ignorar a personas que me lastimaron. No hay obligaciones de perdonar y aceptar, aunque a quienes viven esta filosofía las llamen resentidas.


Pero eso no importa.



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