Magnolia era una joven de 25 años enamorada de Axel, un chico de 29 años que vivía a mil y pico de kilómetros de ella, que conoció por redes y con el que compartía gran parte de sus días. Vivía en el valle encantado de Tucumán, esa parte de la provincia que estaba rodeado de un polvo de hadas que cuidaba a sus habitantes, donde era normal ver caballos alados recorriendo los cielos, llevando personas, trayendo encomiendas, todo con una magia envolvente y protectora, que hacia el aire del lugar muy fresco y por ratos, levemente perfumado.
Un día, cansada de ese amor virtual, decidió que iba a ir a ver a su enamorado, a conocer otra tierra exenta de magia y ver cómo vivían las personas normales. Fue así que luego de tomarse un té de petunias, de preparar un bolso grande pero liviano, salió a la calle, bajo la luz de la medianoche a esperar un caballo alado que quisiera llevarla.
-¿Por qué tan lejos, señorita? ¿Ya no sos feliz aquí?- preguntó Xavi, uno de los caballos guardianes que estaba de turno, mientras su cola se movía y dejaba un halo de brillos.
- Solo es por unos días, quiero conocerlo y saber si tengo un futuro con él.
Despegaron y a los pocos minutos Magnolia ya contemplaba las luces de la ciudad, muy distinta a la que ella conocía, y se emocionó hasta las lágrimas por vivir ese momento.
Era de madrugada y ella contemplaba la entrada de la casa de Axel, tal como se la imaginó en sueños, su caballo protector se quedó con ella hasta el amanecer y antes de irse, le dijo:
-Tienes que saber que no volveré por vos a menos que me llames o estés en peligro. Cuidate mucho, pequeña.
Segundos después, salió Axel a su encuentro y todo fluyó entre ambos: un beso muy tierno, que aliviaba tanta espera y duda, un abrazo sin fin en el que unían sus almas, una mirada que comunicaba el amor que uno sentía por la otra, y la seguridad que sería para siempre…
Cada tanto, Magnolia encontraba por las noches, un camino de estrellas brillantes que solo ella podía ver, era su protector que la saludaba y la cuidaba desde los cielos.
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