La ansiedad de perder un amor se siente distinta a las demás: dejas de comer, o comes mucho menos y no lo disfrutas. Pierdes peso o te deshinchas a costa de eso.
Te despiertas a las 4 de la mañana y la mente te carbura por dos horas enteras. El buen dormir pasa a ser un objetivo de vida.
No prestas atención al programa de radio que escuchas todas las mañanas, ni a tu streamer favorito: te molestan, ya no te causan nada, ni gracia ni amargura. Se sienten como un ruido molesto imposible de absorber.
Todas las tareas las haces con una parte automática de tu cabeza y cuerpo, no les prestas atención, no te importa el resultado. Y a muchas otras no las haces, porque de verdad no puedes.
El presente no se siente como tal, sino como estar en una ensoñación rara.
El clima se intensifica y lo padeces; sientes más frío o más calor del que realmente hace.
Te irritas con más rapidez que la de siempre.
Los palpitos y las lágrimas no tienen horarios, aparecen todas las veces que quieren.
Esa meditación que te calmaba ahora no te hace nada, y tienes que cortarla porque no podés seguirla, ni respirar bien ni mal, ni concentrarte, ni hallar el presente.
Te duele la cabeza, tu cuerpo está lento y pesado.
No te interesa vestirte bien ni maquillarte, ni siquiera usar protector solar y hasta bañarte. Todo es un esfuerzo descomunal.
Tristeza, amargura, llantos, lamentos.
Todo en espiral, por días y días.
Estos días la música es mi mejor compañera, diciendo exactamente lo que siento. En este momento, More to lose de Miley.

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